Os espero en casa, estoy cansada


La primera vez que salí a las calles para manifestarme por el 8 de marzo era 2017, yo tenía 14 años, una inocencia del tamaño de un estadio y unas ganas de gritar con las que podrían haberme escuchado al otro lado del mundo. Hoy tengo 20, y recuerdo con nostalgia a la niña que se adueñaba del megáfono y arrojaba las consignas a un mar morado en el que se refugió durante años. ¿Qué ha sido de ese mar? ¿Ha sido mi responsabilidad dejarlo atrás, o simplemente he sufrido una huida forzada? ¿Seguirá esperándome o me encontraré bandera roja si algún día regreso a sus aguas?

El Día de la Mujer toma su origen en los primeros años del siglo XX con las reivindicaciones de trabajadoras de todo el mundo. En España, 1936 fue el primer año en el que se conmemoró esta fecha, liderada por la comunista Dolores Ibárruri, La Pasionaria. Sin embargo, no sería conmemorado oficialmente por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) hasta 1975.

Recuerdo que cuando tenía 14 años pensaba constantemente en las mujeres. Pensaba en Gloria Fuertes, a quién le pilló la guerra a mi edad, tal y cómo narraba en sus poemas. Pensaba en La Pasionaria, que fue la primera mujer en dirigir un partido político en España. Pensaba en mis amigas, en mi madre, en mi abuela. Pensaba en mujeres que escribían sobre ser fuerte, valiente e independiente, pero también en mujeres que hablaban del amor, del sentimiento y de la debilidad. Me veía reflejada en todas ellas.

El feminismo es un movimiento social que creció como una ola en el momento de mi vida en el que yo también daba pasos de gigante. Yo, como muchas, quise quedarme a su vera para disfrutar las vistas cuando alcanzara la cresta. Por desgracia, naufragué antes.  Por ello, creo que el feminismo me ha dado tanto, que ha terminado quitándome muchas cosas.

Espero que me entendáis, que no os lancéis a mi cuello ni me hagáis lavarme la boca con jabón después de decir esto, pero a unas niñas de 14 años no les correspondía cambiar el mundo ni reeducarlo. Y eso no quiere decir que no disfrutáramos haciéndolo, ni que nos arrepintamos.

Jamás olvidaré la ilusión mientras pintaba pancartas con mis amigas, la adrenalina cuando gritábamos en las calles, explicarle a mi madre al volver a casa que me había sentido acompañada por un montón de mujeres que no conocía. El problema es que entonces tampoco conocía la falta de ganas, la desilusión, el cansancio mental.

Durante muchos años llenamos las calles sin cesar. Solo en Madrid, fuimos 40.000 en 2017, 170.000 en 2018 y 375.000 en 2019. Sin embargo, la revolución que corría por mis venas a los 14 se convirtió en rabia a los 16, y desde la rabia se puede seguir luchando, pero lo más probable es que acabes sintiendo pena a los 18 y nostalgia a los 20.

Por eso, no me arrepiento de haber luchado, de haber estado a pie de calle siempre que lo sentí necesario, y sé que todas vosotras tampoco. Por eso, y por mucho más, esto es una carta de amor para todas las niñas que se metieron de cabeza en la boca del lobo conmigo cuando ni siquiera sabíamos de qué iba la vida. Para todas las que gritaron tanto que se quedaron sin voz, que discutieron tanto que se dieron cuenta de que no eran responsables de todo lo que ocurría a su alrededor.

Esto es una carta de amor y agradecimiento para todas las niñas que están cansadas, para todas aquellas que con quince años desarrollaron el pensamiento crítico que deberían tener hoy aquellos cuya voz sí se escucha.

Para todas las que tuvieron que hacerse mayores antes de tiempo y ello conllevó luchar por su vida y por las del resto. Gracias, de verdad. Os doy las gracias porque, como decía Kate Millet, creo que lo personal es político y no hay nada más personal que la relación que tenemos algunas hoy en día con la lucha feminista. Porque es la deuda que tenemos con las niñas que fuimos.

Por eso os pido que, si os sentís desvinculadas de la lucha, si sentís culpa por no querer salir a gritar este año o el siguiente, si ya no queréis contestar a los tweets ni explicar qué significa mansplaining antes de que se te adelanten, yo os entiendo. Os entiendo, os valoro y os abro las puertas de mi casa para que nos tomemos un café y me expliquéis en qué momento creéis que pasasteis de ser gladiadoras a estar cansadas y esperar a las demás en casa.

Entonces yo os explicaré que seguís siendo gladiadoras. Porque fuimos niñas que crecieron antes de tiempo, que metieron la cabeza en un mundo con una visión tan crítica que fue muy difícil no querer cerrar los ojos. Y no pasa nada si los habéis cerrado, no sois cobardes, no sois infieles a la lucha, no sois peores mujeres, no sois peores; estáis cansadas. Yo también.

Por eso, a veces pienso que, como yo, todas las niñas que me dieron la mano cuando alcé la voz en cualquier manifestación tratan de nadar ahora en un nuevo mar de incertidumbre. Tal vez se sienten igual de perdidas que yo, pero estoy segura de que volverían a tenderme la mano si protestáramos juntas de nuevo.

 

 
Yaiza Rubio. Redactora.

“Daría todo lo que sé por la mitad de lo que ignoro”. Descartes

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